Algunas notas sobre la educación emocional en el entorno familiar

Cuando mi hijo tiene una pataleta, da un grito o una mala contestación, ¿realmente sé lo que está sintiendo?

Introducción.

 

El ser humano se mueve en un entorno donde es inevitablemente un ser social, y esto cobra mayor importancia en el núcleo primario de esa sociedad en la que se desarrolla, que es la familia, donde existen lazos emocionales fuertes entre padres, madres e hijos. De ahí la importancia de una educación emocional que permita, más allá de la convivencia, una interrelación sana entre los miembros de ella. Vivir con emociones positivas facilita una vida sana, por el contrario, las emociones negativas tienen a menudo un coste para nuestra salud y para las relaciones interpersonales.

 

Esta es como ya hemos dicho, la gran cruzada de Goleman: que desde todos los ámbitos posibles se comience a considerar la inteligencia emocional y sus competencias como claves para el éxito personal y profesional.

 

Los argumentos más convincentes y poderosos se dirigen tanto a la cabeza como al corazón. Y esta estrecha orquestación entre el pensamiento y el sentimiento es posible gracias a algo que podíamos calificar como una especie de autopista cerebral, un conjunto de neuronas que conectan los lóbulos prefrontales – el centro ejecutivo cerebral, situado inmediatamente detrás de la frente y que se ocupa de la toma de decisiones-con la región profunda del cerebro que alberga nuestras emociones. De este modo, resulta ciertamente paradójico que las habilidades «blandas» tengan una importancia decisiva en el éxito profesional en los dominios más duros.

 

A la hora de tomar una decisión, «el primer paso es siempre muy consciente, deliberado y analítico, pero no debemos desdeñar el aspecto emocional porque ambos son igualmente importantes”. Es lo que se denomina corazonada, intuición.

 

La capacidad de percibir este tipo de sensaciones subjetivas tiene un origen evolutivo. Las regiones cerebrales implicadas en las sensaciones viscerales son mucho más antiguas que las del centro del pensamiento racional.

 

 

Un poco de historia.

 

El concepto de inteligencia Emocional se popularizó por la publicación del libro “Inteligencia Emocional” de Daniel Goleman a finales de la década de los 90, si bien se vio influido por las investigaciones y publicaciones de Salovey y Mayer unos años atrás, quien la definió como «un tipo de inteligencia social que incluye la habilidad de supervisar y entender las emociones propias y las de los demás, discriminar entre ellas, y usar la información para guiar el pensamiento y las acciones de uno«. De aquí vamos a extraer los pilares que sustentaron posteriormente lo que conocemos como Inteligencia Emocional, que serían los siguientes:

 

 

1.- El conocimiento de las propias emociones. Es decir, el conocimiento de uno mismo, la capacidad de reconocer un mismo sentimiento en el mismo momento en que aparece, constituyendo la piedra angular de la IE

 

2.- La capacidad para gestionar las emociones. La conciencia de uno mismo es una habilidad básica que nos permite controlar nuestros sentimientos y adecuarlos al momento.

 

3.- La capacidad de motivarse a sí mismo. Con esto Salovey y Mayer, y más tarde Goleman, quieren hacernos entender que el control de la vida emocional y su subordinación a una meta puede resultar esencial para «espolear» y mantener la atención, la motivación y la creatividad. Es decir, esta habilidad ayuda a aumentar la competencia no sólo social sino también la sensación de eficacia en las empresas que se acometen. Este aspecto se relaciona también con el concepto de Inteligencia Exitosa propuesto actualmente por Sternberg (1998).

 

4.- El reconocimiento de las emociones ajenas. La empatía, es decir, la capacidad para poder sintonizar con las señales sociales sutiles indica qué necesitan o qué quieren los demás.

 

5.- El control de las relaciones interpersonales. Es una habilidad que presupone relacionarnos adecuadamente con las emociones ajenas y poder influir en los demás de manera positiva.

 

 

Conociéndonos.

 

Cuando mi hijo tiene una pataleta, da un grito o una mala contestación, ¿realmente sé lo que está sintiendo? Quizás el camino sería comenzar por conocerse a uno mismo, como decía el oráculo de Delfos. Si los padres son los primeros referentes de los hijos (no los únicos), debemos comenzar por ampliar y enriquecer ese autoconocimiento para una transmisión a los hijos. Nos preguntaremos, por tanto, algunas cuestiones básicas sobre nosotros mismos.

 

Por ejemplo:

 

1.- ¿Cómo me siento hoy?

2.- ¿Cómo expreso mis sentimientos?

3.- ¿Cuál es la causa para sentirme así?

4.- ¿Me resulta útil sentirme de este modo?

5.- En caso contrario, ¿Puedo transformar esta emoción?

 

Si lo hacemos los padres, podremos generar esta rutina en nuestros hijos para que puedan tomar conciencia de sus emociones y de la forma que se pueden expresar, y, llegado el caso, poder transformarlas. Aunque todas las emociones son un modo de respuesta de nuestro sistema nervioso ante un estímulo externo, que podemos percibir de diferentes formas, podemos transformar tanto la percepción como la expresión de esa respuesta.

 

Algunas tareas para que los niños puedan conocer mejor sus emociones.

 

Memoria.

Imitación

Dibujo

Expresión

Narrativa

 

Memoria. Le preguntamos al niño si recuerda cuando estuvo muy feliz, contento, inquieto, orgulloso, triste, asustado, y lo tratamos con él desde cierta distancia temporal y emocional para que pueda analizar y describir como se sentía, si le resultó de utilidad, si puedo haber cambiado esa emoción, etc.

 

Imitación. Podemos ponernos frente a frente (especialmente eficaz con los más pequeños) y jugar a expresar emociones de alegría, miedo, tristeza, asco.

 

Dibujo. Mediante esta técnica podemos pedir a los más pequeños que dibujen o coloreen diferentes personajes o cosas que le provocan emociones, miedo, tristeza, alegría, ira, asco.

 

Expresión. Aquí se trata de que mediante los gestos puedan expresarse de forma voluntaria las emociones que nos han hecho sentir diferentes situaciones pasadas, bien en la vida real o en una película, por ejemplo. También se puede utilizar para jugar a adivinar qué emoción está sintiendo mediante la mímica entre dos o más personas.

 

Narrativa. Esto es mejor en los adolescentes, se trata de que narren en forma de relato una situación donde tuvieron diferentes emociones como, por ejemplo, miedo, alegría, tristeza, asco, también emociones aprendidas como ansiedad, esperanza, ira, vergüenza, desesperanza, así, ampliando el vocabulario de las emociones.

 

 

¿Qué hemos conseguido con estas tareas?

 

Con la práctica del juego se consigue un conocimiento de nosotros mismos a través de la expresión de nuestras emociones, es un aprendizaje continuo que recorre de forma transversal el resto de competencias, habilidades y destrezas del niño a lo largo de su ciclo vital. Otro de los aprendizajes consiste en la detección y el conocimiento de las emociones ajenas, otro de los pilares básicos de la inteligencia emocional, junto al conocimiento de las propias emociones. También se desarrollan habilidades como respuestas emocionales ante diferentes situaciones que el niño habrá de afrontar.

 

Del mismo modo, se desarrollan habilidades para aflorar las emociones de un modo positivo (alegría, esperanza) y se previenen los efectos negativos de otras emociones (ira, tristeza, frustración, rabia, miedo). Permite interactuar con los demás para influir en sus respuestas emocionales y consigue en el niño una mirada más amplia y realista de sus respuestas emocionales desde una actitud positiva ante diferentes situaciones en la vida.

 

Empatizando.

 

La empatía podemos describirla como una habilidad social esencial, quizás la más importante, junto a la escucha activa y la asertividad. De modo que la definiremos como la capacidad de detectar, reconocer y comprender las emociones y sentimientos en los demás. Solo cuando logramos comprender las emociones ajenas podremos dar un paso para tratar de transformarlas.

 

 Asertividad.

 

Decía Aristóteles que “cualquiera puede enfadarse, aunque hacerlo en el momento oportuno, en el grado adecuado y con la persona correcta, eso ya no está al alcance de cualquiera”.

La asertividad es otra de las habilidades sociales en el ámbito de la comunicación que nos permite expresar las opiniones, los sentimientos, y nuestras posiciones en el momento oportuno, en el grado adecuado, y con la forma correcta que no afecte a los valores y posicionamientos de los demás.

 

Recapitulando.

 

Hemos partido de una hipótesis según la cual la inteligencia emocional, es un predictor de éxito en las relaciones interpersonales y mejora la calidad de vida mediante un mejor conocimiento de nosotros mismos. También hemos conocido que las decisiones en nuestra vida se ven influidas por lo emocional y por lo racional.

Que los cinco pilares básicos de la Inteligencia Emocional son el autoconocimiento, el control de nuestras emociones, la automotivación, el conocimiento de las emociones ajenas y la influencia en las emociones de los demás.  Hemos aprendido a desarrollar estas habilidades mediante juegos en casa con los más pequeños, que también son de enorme utilidad para los mayores. Y, por último, hemos aprendido lo que significa tener empatía y ser asertivos, dos superhabilidades sociales que nos abrirán muchas puertas en las relaciones interpersonales.

 

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