Todos tenemos máscaras

Pirandello decía aquello “Me presentaré a usted en función de la relación que quiera mantener con usted”.

Y ese pensamiento cobra especial vigencia en estos tiempos, no sólo por el carnaval, pues la realidad es que aunque cada cual tiene una personalidad que se ha configurado en sus primeras etapas y que suele ser un patrón estable a lo largo de la vida, lo cierto es que modelamos nuestra conducta en función de quién o qué tengamos en nuestro entorno.

Las máscaras forman parte de una cultura universal, prácticamente desde que el ser humano tiene conciencia de sí mismo, es un atributo intercultural que lo vemos en cada rincón del planeta y que también le da nombre a la “Per-sona”, lo que suena tras la máscara que se utilizaba en el teatro clásico.

A veces la máscara nos ayuda a sentir un anonimato que genera esa impunidad para transgredir, otras veces la máscara nos transforma en otra persona que nos permite soltar nuestra imaginación y lanzar hacia los demás en forma de catarsis todo aquello que tenemos bien guardado en nuestro “SuperYo”. Así, la máscara funciona como una especie de llave maestra que abre la puerta del “Ello” para sacarlo a pasear, a mostrarlo a los demás sin restricciones, al menos sin más restricciones que las que nos otorga nuestra máscara.

Nuestras máscaras cotidianas adoptan cambios en nuestra voz, por ejemplo cuando nos dirigimos a los pequeños. También cambiamos nuestra forma de hablar si es en público o en un entorno cercano o familiar, cuando nos relacionamos con alguien que representa autoridad, o cuando hay alguna asimetría en la relación que establecemos.

En resumen, lo importante no es la máscara en sí misma sino la intencionalidad al utilizarla. Tal vez la toma de conciencia de este hecho nos permita ser un poco más auténticos.

 

 

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