Los pacientes Covid-19, ¿los nuevos leprosos del siglo XXI?

En los primeros años de la lepra, con la piel y la cara marcada por los lepromas, esas lesiones que desfiguran y sobre todo, señalan a quien la padece, transformaron nuestra forma de relacionarnos con estos enfermos, que fueron apartados, en la antigüedad en cuevas, en guetos para leprosos y más recientemente en hospitales donde eran aislados igualmente.

Curiosamente la lepra es una de las enfermedades infecciosas menos transmisibles, si se guardaban unos protocolos sencillos de higiene y prevención.

 

Ahora estamos ante una realidad
en la que ciertamente la infección por el coronavirus es transmisible con mucha facilidad, los hospitales se saturan, la atención primaria no da abasto y los profesionales sanitarios van cayendo por agotamiento físico y psíquico.

 

Quizás los “lepromas” de la Covid no sean visibles en la piel sino en la conducta que observamos en los demás. Fiestas en recintos privados, la mascarilla ausente o mal utilizada, etc. Y esto nos genera rechazo e indignación, nos eleva a mirar con odio y desprecio a quienes señalamos como causantes directo de miles de muertes o al menos como colaboradores necesarios de esas muertes.

 

Ser positivo en una PCR es algo que se oculta o se enmascara para evitar el rechazo, pero lo peor no es eso, lo peor es ocultar ser un contacto estrecho, que es casi lo mismo en términos epidemiológicos, para evitar la cuarentena, para no mostrar los “lepromas” sin importar si se siguen contagiando más personas. Hemos normalizado la cifra diaria de muertes, de ingresos en UCI, nos importan muy poco las secuelas tras haber pasado la infección, salvo que nos toque de cerca. Es como en la lepra, como si solo se contagiasen los de las cuevas, los del gueto.

 

En los años 80 vivimos una pandemia pero esta se limitaba a las cuatro “H” los homosexuales, hemofílicos, haitianos y heroinómanos. Era otra forma de estigmatizar a quienes resultaban contagiados por el virus, el VIH. Era otra forma de generar rechazo a otros “lepromas”, de apartarlos. Al final nos dimos cuenta de que no era cuestión de grupos sino de conductas de riesgo.

 

Cuando pase todo esto, cuando lo hayamos superado o aprendido a convivir en un mundo vulnerable a nuevos virus a nuevas formas de infección, veremos desde la distancia temporal y emocional como la mayor transformación se produjo en nuestra forma de relacionarnos con los demás, como nuestro miedo eran tan contagioso como el virus.

 

Ahora las cuevas de los antiguos leprosos son los circuitos COVID en los hospitales, las barreras inexpugnables para acceder al centro de Salud o la mal llamada telemedicina con recursos mínimos. Ahora por causa de esa saturación del sistema sanitario se reducen a la mitad las hemodinámicas en los infartos o la trombectomía en el ictus isquémico y por no alargar mucho, a todos los procesos crónicos que se reagudizan por no ser atendidos a tiempo.

 

Tendremos que mirar cuántas muertes fueron producidas por el coronavirus y cuántas por el miedo al coronavirus.

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