¿Qué es eso del cambio?

El cambio afecta a la propia esencia de la verdad, de lo que conocemos por la verdad científica demostrable, replicable y reconocida como tal por la comunidad científica; afecta del mismo modo a su raíz, a la forma de hacer ciencia e incluso a los planteamientos y paradigmas que hasta ahora han venido sustentando los rudimentos del saber humano. Claro está que este cambio a veces se utiliza como lugar común para justificar un movimiento o avance que no tiene más sentido o razón que su propio fin. Esto sería como caminar por caminar sin tener claras las metas o, lo que es peor, hacerlo para justificar el hecho de avanzar.

En nuestro caso nos situamos –así lo creo– en el verdadero cambio, ese salto cualitativo que genera nuevas formas, nuevos modos de ver y comprender la realidad. Comprenderla para transformarla, para mejorarla. Todo esto exige de cada uno de nosotros una toma de conciencia previa y un compromiso en toda regla con el reto que supone tal cambio. Ahora hay que encajar algunas cuestiones retóricas relacionadas con este proceso: se trata de hacer coherente el discurso con los hechos. Esta es la primera y fundamental regla para asegurarnos el éxito en el cambio y, lo que es más importante, asegurar su continuidad por los demás que nos siguen.

Ahora comenzaremos por aclarar algunos aspectos que tienen que ver con la forma en que cada uno de nosotros afronta una elección. Por qué para cambiar, lo primero que nos planteamos es elegir libremente ese camino y hacer de esa elección un acto racional, maduro y, ante todo, responsable con las estructuras y personas que puedan verse afectadas por nuestras propias decisiones. Primero aclararé que la elección no es sinónimo de apetencia o de opinión. La elección es ante todo un acto voluntario que debe apoyarse en el conocimiento. Esto no significa -decía Aristóteles- que todos los actos voluntarios sean objeto de elección. Debe ir siempre precedida de razonamiento y reflexión. Resulta fácil decir esto en la misma medida que resulta difícil llevarlo a la práctica, sobre todo cuando el resultado de nuestra decisión suponga un cambio importante para nuestra vida o la de seres significativos para nosotros.

Centrados en la materia del cambio y de nuestra capacidad de elegir tal camino, es hora de recorrer, aunque sea brevemente, aquellos cambios que han supuesto verdaderos hitos en la marcha de la ciencia y de su forma de estructurarla. Si tuviera que situar en un gráfico el recorrido de la ciencia y de los científicos -Clásicos aparte- nos encontraríamos ante el punto de penalti de un campo reglamentario de fútbol, donde en la portería contraria tendríamos a los positivistas con su paradigma cuantitativo, abarcando hasta algo más allá del centro del terreno de juego. Allí, desde el centro hasta nuestro punto de penalti, se situarían los cualitativos, descriptivos y hermenéuticos. En esa zona de peligro (desde el punto de vista futbolístico) nos encontraríamos a Kurt Lewin, con su modelo crítico basado en la Investigación-Acción, y siguiendo con la metáfora del balompié, seguramente pitarían fuera de juego a dos jugadores que quiero presentar en esta ocasión: el postmodernismo y el feminismo.

Hasta la llegada de estos dos paradigmas alternativos de la ciencia, se ha considerado en cierto modo que estaba aislada de la sociedad, es decir, con un punto de vista interno, por y para la comunidad científica a la que aludía al comienzo. A partir de esta superación de perspectiva, nos encontramos ante una concepción de la ciencia desde un punto de vista más social o, si se prefiere, más sociocultural. Esto sí que supone un verdadero cambio en cuanto a cómo concebimos la forma de hacer ciencia, sobre todo si lo hacemos con la mirada puesta en los cambios sociales. Pues bien, el postmodernismo trata de explicar el estado actual de la ciencia y de la sociedad desde un punto de vista global, inseparable la una de la otra. Es entendida como una ruptura de la modernidad, del valor de la razón como explicación a todo (racionalidad). También rompe con el progreso y la concepción que tenemos de él y de su capacidad por sí mismo de que supone una mejora per se. Sintetiza su oposición en tres principios:

• Contra la Totalización: va en contra de valores generales o supremos.

• Contra la Teleología: no podemos estar seguros de un modelo científico que garantice predicciones. Se plantea la duda constante epistemológica.

• Contra la Utopía: Aquí predomina lo individual sobre lo universal, lo permisivo sobre lo coercitivo. (Nada que ver con la Utopía de Tomás Moro de la que me confieso un seguidor).

Plantea el relativismo cultural, asumiendo las diferencias y dando cabida a movimientos o colectivos tradicionalmente marginados (ecologístas, pacifistas, feministas).

De este modo, se plantea una posición política de la ciencia y analiza el discurso de los científicos. De ahí que el discurso contextualizado, su análisis y las relaciones de poder que expresan tales posiciones sean su objeto de estudio. A nivel metodológico afectará a los patrones formales, a los contenidos y a los fundamentos de tales disciplinas.

Por último planteamos el posicionamiento más formal del feminismo como paradigma científico y, por consiguiente, la visión que desde aquí aporta a la sociedad: la crítica de la ciencia y su influencia mediada por recursos estratégicos y partidistas en contra de esa minoría en la comunidad científica que tradicionalmente ha constituido el género femenino. Cuestionan y replantean los principios internos que rigen la ciencia, dotándola de una visión (como en el caso del postmodernismo) que integra ciencia y sociedad. Se enfrenta también a argumentos que difícilmente se sostienen por sí mismos, pero que subyacen todavía, entre los que cabe destacar la diferencia funcional de pensamiento o incluso la atribución, a veces maquillada, de cualidades diferenciadas de género tales como capacidad cognitiva frente a equilibrio emocional, sensibilidad frente a eficiencia práctica, juicio frente a intuición. Se trata, en definitiva de establecer unos valores que transformen la ciencia o la manera en que la ciencia se convierte en un proceso público cuyo campo de estudio es la ciencia, la tecnología y la sociedad.

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